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Las tecnologías digitales están a punto de derrotar a la democracia y el orden social

 

Las plataformas de redes sociales, los datos masivos, la tecnología móvil y la inteligencia artificial, que dominan cada vez más la vida económica, política y social, amenazan el sistema de gobierno occidental.

 

Jamie Bartlett lleva diez años trabajando en la relación entre nuevas tecnologías y democracia. Cuando comenzó escribía “panfletos sobre cómo la tecnología digital instilaría nueva vida en nuestro sistema político fatigado más allá de la esperanza”. Ahora escribió en su nuevo libro, The People Vs Tech: How the Internet Is Killing Democracy (and How We Save It).

El pueblo versus la tecnología: Cómo internet está matando la democracia (y cómo la salvamos) abre con una advertencia.

En los próximos años o la tecnología destruirá la democracia, o la política impondrá su autoridad sobre el mundo digital. Se vuelve cada vez más claro que la tecnología está ganando esta batalla.

Bartlett,se refiere específicamente a las “tecnologías digitales asociadas con Silicon Valley: plataformas de redes sociales, datos masivos, tecnología móvil e inteligencia artificial, que dominan cada vez más a vida económica, política y social”. Como experto en el área las valora.

Cree que tienden a expandir las capacidades humanas y hasta a crear más felicidad. “Pero eso no significa que sean buenas para la democracia”.

Las redes sociales, los datos masivos, la tecnología móvil y la inteligencia artificial afectan a la democracia, que es analógica.

En un nivel profundo, estos dos grandes sistemas —tecnología y democracia— están trabados en una lucha encarnizada.

Son los productos de épocas completamente diferentes y funcionan según distintas reglas y principios.

El engranaje de la democracia se construyó en la era de los estados nacionales, las jerarquías y las economías industrializadas.

Las características fundamentales de la tecnología digital van en contra de este modelo.

Es no-geográfica, descentralizada, impulsada por datos, sujeta a los efectos de red y el crecimiento exponencial“.

En pocas palabras: “la democracia no fue creada para esto.

La distopía amenazante a temer es una democracia vacía dirigida por máquinas inteligentes y una nueva élite de tecnócratas ‘progresistas’ pero autoritarios.

Aunque concede a los empresarios de Silicon Valley una fe honesta en el poder emancipador de la tecnología digital.

Bartlett “La democracia es analógica, no digital”, escribió.

Seis pilares hacen que la democracia funcione, sintetizó: ciudadanos activos, una cultura común, elecciones libres, igualdad entre las partes interesadas, competencia económica con libertad civil y confianza en la autoridad.

Los seis son vulnerables a las tecnologías y alrededor de esos problemas organizó el libro.

Los ciudadanos dejan de ser activos por la adicción a los dispositivos y las plataformas. “Vivimos en un panóptico publicitario gigante”, definió.

“El sistema de recolección de datos y predicción es  la manifestación más reciente en una historia de esfuerzos para controlarnos“.

La publicidad es el uso de la psicología para influir en la decisión de compra de las personas.

Google, Snapchat, Twitter, Instagram, Facebook  han dejado de ser empresas tecnológicas: son también firmas publicitarias.

Bartlett midió su propia conducta y citó a Adam Alter, quien advirtió que la adicción al alcohol y el tabaco están dejando espacio a la dependencia digital: no es que la gente —en especial, los jóvenes— rechacen esas y otras sustancias para vivir más sanamente.

Sino que sus cerebros reciben las descargas de dopamina de otras fuentes, como el “me gusta” o el click.

“En 2004 Facebook era divertido”, escribió Alter. “Y en  2016 es adictivo”. En el camino, surgió la “economía de la atención”.

Las redes sociales crean ciudadanos pasivos, adictos a la pantalla en busca del “me gusta” o el click.

Los datos están en el centro del asunto: permiten a las empresas conocer al usuario más de lo que él se conoce a sí mismo, y dirigirle avisos a medida.

De allí el valor de los algoritmos que sí pueden procesar esos volúmenes enormes de datos, y más: “Lo aterrador de los algoritmos de datos masivos es cómo pueden averiguar cosas sobre nosotros”, según el autor.

¿El objetivo? Publicidad. De comida para perros, seguros de salud,candidatos políticos.

Y más: el panóptico moderno, “esta clase de visibilidad y monitoreo permanente, es una manera de imponer conformidad y docilidad.

Estar siempre bajo vigilancia y saber que las cosas que uno dice se juntan y se comparten crea una autocensura moderada pero constante“.

Eso daña la capacidad de desarrollar un juicio propio como ciudadano.

Porque para pensar por uno mismo, es necesario cometer errores y aprender. ” Un problema adicional es la manipulación.

Si el objetivo es que una persona pase más tiempo en una plataforma para mostrarle más publicidad,

Delegar las decisiones en la inteligencia artificial  no sólo eliminaría la dimensión moral del ser humano, también erosionaría su capacidad de pensar libremente.

“Dado lo malos que a veces somos al tomar decisiones difíciles, el resultado podría ser una sociedad más sabia y más humana.

Pero difícilmente se podría llamar democracia a un lugar así“.

“Los líderes políticos evolucionan con el nuevo medio de información: de ahí el ascenso de populistas que prometen respuestas emotivas, inmediatas y totales“, interpretó Bartlett.

“Pero las tribus beligerantes de ciudadanos sin eje, confundidos, son las precursoras del totalitarismo”.

Expresiones como burbuja de filtros, noticias falsas y posverdad se han popularizado a medida que las noticias circularon por las plataformas .

Y la desinformación hizo que las personas recortaran sus fuentes a la medida de sus creencias.

“Con la conexión infinita, encontramos gente similar y con ideas similares, y nos apiñamos”. La fragmentación no tiene límite.

“En internet cualquier puede encontrar cualquier clase de comunidad que desee (o inventar la propia)”, señaló el autor.

Así la re-tribalización puede convierte cualquier grupo en una horda.

“El tribalismo es comprensible, pero en definitiva daña la democracia.

Porque tiene el efecto de agrandar las pequeñas diferencias entre nosotros y transformarlas en golfos enormes, insuperables“.

Internet, como medio ante todo emocional, exacerba la tendencia humana al tribalismo y la reacción sin reflexión.

Pero, advirtió el especialista, “si el partidismo se impone a todo, la democracia deja de funcionar porque el acuerdo se vuelve imposible“.

La red también permite el acceso a las tribus enemigas.

La característica es de los humanos, no de la tecnología. Sin embargo, las tecnológicas “convirtieron estas debilidades psicológicas en rasgos estructurales del consumo de noticias y las explotaron para ganar dinero”, observó el texto.

Zuckerberg puede insistir en que Facebook es una plataforma, donde circulan todos los contenidos —no un medio. “Ser aparentemente neutral es en sí una suerte de decisión editorial.

Aun la más leve de las confirmaciones sesgadas crea un ciclo de auto-perpetuación, una burbuja en la que no hay otro.

Y sin otro no hace falta democracia.

La legitimidad de las elecciones se pone en cuestión a partir de la manipulación de la intención de voto que hacen posible los datos masivos. (Reuters)

Uno de los temas centrales del libro, la pérdida de legitimidad de las elecciones libres. Muestra cómo “los datos masivos y la micro-localización pueden ganar votos”.

Y esta competencia no va a terminar, advirtió Bartlett. “Cada elección se datifica de esta manera.

Realizada por una red de contratistas privados y analistas de datos que ofrecen estas técnicas a los partidos políticos en todo el mundo”.

El problema mayor que ve, si se deja estas técnicas sin control, es que su evolución “va a cambiar cómo hacemos una opción política, qué clase de gente elegimos e incluso si pensamos que nuestros comicios son realmente libres y justos“.

Si los partidos políticos tradicionales han girado alrededor de la construcción de programas, ideas que permitían que ciudadanos con intereses variados se organizaran colectivamente.

El big data es lo opuesto: la atomización, la división en grupos de intereses específicos al punto de un modelo personalizado.

Una consecuencia es que reduce la responsabilidad de los funcionarios: “La hiperpersonalización incentiva a los políticos para hacer distintas promesas a distintos ‘universos’ de usuarios”.

Inclusive contradictorios: no hay manera de exigir rendición de cuentas. Tampoco las autoridades pueden verificar la legitimidad del mensaje dado que son una mirada de avisos personalizados.

Y los psicográficos de Alexander Nix, seran obsoletos en comparación con el identikit del votante que podría permitir la internet de las cosas.

“Dentro de una década, la heladera sabrá a que hora comemos, el auto conocerá dónde estuvimos, etc”, ilustró.

Echo, el asistente personal de Amazon, y otros dispositivos conectados a la red poseerán una cantidad gigantesca de datos sobre los votantes del porvenir cercano.

Y como la naturaleza del mensaje digital es la deslocalización geográfica, podría llegar de las oficinas de Internet Research Agency.

“En el cuadrilátero rojo: un negocio multimillonario de influencia y control que se vuelve más exacto y dirigido cada año.

En el cuadrilátero azul: un puñado de reglas electorales viejas y obsoletas diseñadas para la era de los medios masivos y el proselitismo puerta a puerta“.

Bartlett  aborda el problema de la desigualdad social. A partir del impacto de la inteligencia artificial en el mercado de trabajo.

“En lugar de especular sobre un ‘futuro sin trabajo’ deberíamos preocuparnos por la creciente desigualdad“, advirtió.

Que podría ser tan aguda como para “borrar de la faz de la Tierra a la clase media”.

El paso del aprendizaje automático al aprendizaje profundo puede demorar.

Pero afectará seriamente el tejido social;Bartlett cree que es más probable que terminen en “trabajos más precarios, temporarios, de bajos ingresos“.

Tal vez puedan “limpiar las máquinas que limpian las máquinas que reparan los camiones sin conductor que alguna vez ocuparon”.

La irrupción de la inteligencia artificial en el mercado de trabajo, amenaza la existencia de la clase media.

Los trabajos no rutinarios que son muy bien pagos (ingeniero de Google) o muy mal pagos (jardinero) no encabezan la lista de los reemplazables.

“Son los empleos en el medio, que se podrían llamar ‘de conocimientos rutinarios’, los que estarán más en riesgo

Otro problema es la tendencia de las tecnologías al privilegio.

La tecnología da poder a quienes tienen el dinero o las habilidades para aprovecharla“.

Lo cual lleva al punto siguiente: competencia económica con libertad civil. “La ilustración más extrema  sobre cómo las tecnologías digitales impulsa la desigualdad es la creación de enormes monopolios tecnológicos“.

Cinco de las empresas con mayor valor de mercado del mundo son de Silicon Valley.

Las grandes empresas de Silicon Valley son también los grandes monopolios del mundo.

Con gran capacidad para el lobby político y para el control cultural. (iStock)

La tendencia es tan inesperada como fatal: la tecnología crea monopolios. Pero no sólo económicos: también políticos y culturales.

Su manera de hacer lobby difiere  en las tecnológicas “poseen las plataformas en las cuales se publica el material”.

Con lo cual tienen, en sí mismas, una “importante influencia sobre la opinión pública y el activismo”.

Así muere la idea de asociación libre en los ciudadanos.

Bartlett llega al último punto de su libro: el reclamo de la protección de la privacidad ha dado lugar al surgimiento de una “cripto-anarquía”.

Que aspira a socavar los grandes poderes —incluido el de los estados— mediante la encriptación.

En nombre del respeto al dominio individual de los datos propios, “amenaza con debilitar al estado casi al punto de su colapso”.

La tecnología de cifrado de clave pública más popular es bitcoin. 

La enorme base de datos donde se guarda cada transacción que se realiza en bitcoin, blockchain, “puede también guardar otra información”.

La tecnología blockchain permite guardar todo tipo de información, no sólo transacciones económicas, de manera descentralizada. (Getty Images)

En las democracias, que son un sistema donde la libertad puede ser eliminada,

La cripto-anarquía es dinamita contra el control estatal.

Porque desafía la autoridad del gobierno para coercionar a la gente que se halla dentro de sus fronteras y a controlar la información.

Jamie Bartlett comenzó escribiendo panfletos optimistas sobre el modo en que la tecnología mejoraría el sistema político. Ahora avizora el fin de la democracia. (Flickr)

“Si transportásemos a 2018 a Locke, Rousseau, Jefferson, Montesquieu, estarían deslumbrados por nuestros smartphones, aviones, bitcoins, hospitales, emojis y lanzacohetes.

También estarían asombrados de descubrir que todavía nuestras democracias funcionen del mismo modo“, observó el autor.

“Como la inteligencia artificial, la democracia es una tecnología de propósito general.

Dado que puede cambiar, cada una de sus fases debería ser un producto de su época.

Su conclusión es sombría: “A menos que modifiquemos el rumbo, la democracia será arrasada por la tecnología y se unirá al feudalismo, las monarquías supremas y el comunismo como otro experimento político que funcionó por un tiempo”.

Cree, sin embargo, que todavía se está a tiempo de evitarlo.

Fuente: www.infobae.com

Mariana SosaLas tecnologías digitales están a punto de derrotar a la democracia y el orden social

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